Y tú, ¿qué practicas?

Seguro que a muchos os ha llegado un vídeo por WhatsApp de un chico que nos hace esa pregunta, ¿Y tú qué practicas todos los días?. La pregunta no es nada tonta, ya que aquello que practiquemos cada día será aquello en lo que nos volveremos buenos, aquello que dominaremos.

¿Sabes lo que practicas en tu vida?, nos pregunta el chaval. ¿Practicas la alegría en tu vida? ¿Practicas la Paz en tu vida? ¿Practicas la felicidad en tu vida? ¿O practicas la queja? Porque si practicas la queja, te volverás muy bueno en ello. Tan bueno, que encontrarás algo malo en cada cosa. Aunque a simple vista no haya nada erróneo o malo, tú, como experto, lo encontrarás.

¿Qué practicas, el enojo? Si practicas el enfadarte todos los días, al poco tiempo, te convertirás en un verdadero experto. Y te volverás tan bueno, que cualquier trivialidad te enojará. Como cuando te enojas con la persona que está delante de ti en el cajero automático porque crees que tarda. Igual lo ha perdido todo, y saca lo poco que tiene para dar de comer a sus hijos. A ti te da igual, como eres experto, tú te enfadas. Porque qué injusta es la vida contigo en las colas, siempre te pones detrás del más lento. Y tienes razón, la de al lado va más rápido. Y tú tienes prisa.

¿Qué practicas? ¿Practicas estar preocupado? Porque si practicas eso, te volverás también muy bueno en ello. Tan bueno, que todo te preocupará. Hasta de enfermedades que no tienes. Serás tan bueno en eso, que las enfermedades reales de tu gente cercana pasarán inadvertidas ante las tuyas imaginarias. Fíjate si serás bueno que perderás a familiares y amigos sin saber por lo que estaban pasando, porque a ti te preocupaba algo que todavía estás esperando a que te ocurra.

¿Qué practicas? ¿El poseer? Porque si practicas el acaparamiento de cosas, también serás muy bueno. Dedicarás tus recursos a ti, a guardarlos, pensando en el futuro. No te darás cuenta de que pasas la vida disfrutando de las cosas de los demás, porque las comparten contigo. Al final del camino los tuyos descansarán con el corazón lleno de haberlo dado. Y cuando a ti te toque descansar, ¿qué harás con tantas cosas?

Imagina practicar la alegría, cada día. Aunque tengas razones para preocuparte. Pero te has trabajado tanto la alegría que eres capaz de salir adelante. Eres capaz de sonreír y darle un abrazo a ese amigo que te encuentras por la calle, aunque vayas con prisa y con una batalla interior que nadie podrá librar por ti.

Si la has trabajado lo suficiente, serías capaz de sentir alegría al comerte una mazorca de maíz tras tres días sin comer.

Recuerdo a mi madre, en su último día de vida, en el jardín del hospital que había justo al salir de la unidad de cuidados paliativos. La mayoría de los órganos de su cuerpo ya no funcionaban. Era septiembre y soplaba una pequeña ráfaga de aire. Fue casi imperceptible, pero ella dijo: “metedme dentro, vaya a resfriarme”.

Podía haberse quejado. Podría haberse preocupado. Se marchaba.

Pero decidió practicar la alegría todos los días de su vida.

Y se hizo buena en eso.

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